La verdad, yo también me lo creí al principio. Sonaba bien: como que por fin estaban tomando en cuenta que el autismo en mujeres se ve distinto. Pero luego, cuando lo piensas bien… no es tan bonito como parece.
Primero, el nombre ya te lo dice todo: “fenotipo ampliado”. Como si hubiera un autismo de verdad —el masculino, el clásico, el del manual— y luego una versión extendida, como si nos estuviéramos saliendo del molde… ¡cuando ese molde nunca fue hecho para nosotras!
Y claro, eso no es casualidad. El diagnóstico del TEA se construyó con muestras mayoritariamente masculinas. Gould y Ashton-Smith (2011) ya lo decían hace más de una década: la manera en que se define el autismo ha ignorado completamente las formas femeninas de expresarlo. Y eso tiene consecuencias. A muchas mujeres nos diagnostican tarde —o nunca—, y eso duele, porque te pasas media vida pensando que el problema eres tú.
Encima, el “fenotipo ampliado” nos pinta como si estuviéramos camuflando todo el tiempo. Como si esa fuera una especie de “habilidad especial” o “rasgo clínico”. Pero, entre tú y yo, ¿sabes lo que se siente el camuflaje? No es estrategia, es supervivencia. Como dice Bargiela, Steward y Mandy (2016), muchas mujeres autistas aprenden desde pequeñas a imitar, a disimular, a pasar desapercibidas… porque el entorno no permite otra cosa. No es un “síntoma”, es el precio que pagamos por encajar.
Y claro, luego nos dicen que tenemos intereses “más normales” que los chicos autistas, como que nos gustan los libros, los animales, las historias. ¿Y eso qué? ¿Por qué esos intereses hacen que se nos considere menos autistas? ¿Qué pasa con nuestra manera intensa de amar, de enfocar los temas, de querer entenderlo todo? ¿Eso no es autismo también?
Lo peor es que muchas veces estos discursos se presentan como inclusivos, pero lo que hacen es seguir patologizando nuestra diferencia. Como dicen Woods y Waltz (2019), incluso los intentos de reconocer un perfil femenino del autismo se hacen desde el mismo marco médico que siempre nos ha invisibilizado, sin cambiar realmente las reglas del juego.

Y te digo más: cuando hablamos entre nosotras, lo que aparece una y otra vez no es “tengo autismo pero no se nota”, sino “llevo años fingiendo y estoy agotada”. Ese agotamiento tiene nombre, tiene cuerpo y tiene memoria. Y no sale en los manuales.
Por eso muchas de nosotras ya no queremos que nos analicen como un caso raro del DSM. Queremos contarnos desde nosotras. Como dice Yergeau (2018), hay que dejar de hablar de las personas autistas y empezar a escucharlas. A escucharnos. Porque somos nosotras las que tenemos la experiencia, la rabia, el cansancio y también la lucidez de decir: esto no va solo de diagnóstico, va de identidad.
Así que sí, amiga, el “fenotipo ampliado” puede parecer un avance, pero si lo miras bien, es otra forma de mantenernos al margen, de decirnos que somos “otra variante”, que necesitamos adaptarnos aún más. ¿Y sabes qué? Ya basta de adaptarnos. Es hora de que el mundo aprenda a vernos tal como somos.
Referencias
- Bargiela, S., Steward, R., & Mandy, W. (2016). The experiences of late-diagnosed women with autism spectrum conditions: An investigation of the female autism phenotype. Journal of Autism and Developmental Disorders, 46(10), 3281–3294. https://doi.org/10.1007/s10803-016-2872-8
- Gould, J., & Ashton-Smith, J. (2011). Missed diagnosis or misdiagnosis? Girls and women on the autism spectrum. Good Autism Practice, 12(1), 34–41.
- Woods, R., & Waltz, M. (2019). The ‘other’ side of the autism diagnosis: Discourse and neurodiversity. In Kapp, S. K. (Ed.), Autistic community and the neurodiversity movement (pp. 117–130). Palgrave Macmillan.
- Yergeau, M. (2018). Authoring autism: On rhetoric and neurological queerness. Duke University Press.


